Depresión...
Dice Campbell, que la depresión es la muerte en la vida: la bestia que todos llevamos dentro. Una amplia indiferencia por todo se apodera súbita o paulatinamente de nosotros. Oímos sin escuchar. Vemos sin mirar. Tocamos sin sentir el frío de un vaso lleno de hielos, el calor de una mano que nos acaricia el rostro. El nivel de nuestra sensibilidad desciende por debajo de cero. No gozamos de la música que solíamos disfrutar por la noche; de Carmen Aristeguí temprano en la mañana; de esa novela que nos arrebataba el alma o de aquel ensayo que en un libro verde nos hacía pensar en la relación de la velocidad de las bicicletas y el absurdo ritmo de este mundo; del café caliente al despertar; de esa sopa de lima que de sólo imaginar llenaba de saliva nuestra boca; de aquel beso primero en una relación que empieza o del delicioso sabor de un tequila en una tarde fría. Nuestra capacidad de diálogo se apaga hasta el enmudecimiento y entonces hasta el sonido del teléfono resulta tan amenazante que no podemos más que meternos de lleno los más dentro de las cobijas que el tamaño de la cama permita.
Y no es ni siquiera que en la depresión todo se vuelva negro, más bien se torna gris. En ella, ni siquiera es dolor lo que sobreviene, no hay ni lágrimas para echar afuera. "Es la tinta de un café concentrado que se unta en el pecho del alma". Y a uno se le va el alma al suelo.
De la misma forma arbitraría y traicionera en que llega, así también la depresión se va. Hace su aparición de pronto y luego se desvanece sin razón. A veces parece tener una causa: una pérdida, un comentario que sin intención nos rompe el corazón, la resaca de una enfermedad o de una fiesta larga. En ella se piensa mal, se siente nada. Pero no pocas veces resulta tan enigmática como la angustia que se presenta por causas desconocidas: un temor infundado. O surge también como la paranoia que se apodera de nosotros sin peligro real a la vista, sin que ningún indicio verdadero de persecución justifique que nos pongamos en guardia. Parece gratuita y sin embargo no lo es. La pérdida de un amor, el fracaso en una empresa a la que le apostamos la vida, la partida de un querido, eso es tristeza, pero en la depresión, hasta la tristeza es alegría.
Ocurre que un buen día la mañana parece luminosa y fresca, uno sale de casa (uno al fin sale de casa y hasta se baña!) a comprar el periódico (al fin le importa el mundo a uno, porque como también dice bien Campbell, la depresión es obscenamente individualista) y le agrada sentir el sol, ver las hojas secas y a los niños corriendo hacía la escuela, a una muchacha desenfadada con un café caliente en una mano y un cigarro en la otra, a un joven que entra sonriente a desayunar en una cafetería y uno quisiera decirles, gritarles (porque uno a recuperado la voz): "gracias, gracias por que hoy me salvaron la vida, sólo porque aparecieron y los vi, al fin pude volver a mirar al mundo". Así como viene, así también se va la depresión. Aparece el día menos pensado y de pronto se desvanece... esa, esa es la única esperanza... y entonces no queda más que ponerse a vivir otra vez.
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