Dos años han pasado, dos años secuestrada por el silencio. Los perpetradores fueron quizá el tiempo, la noche o la nada. La indiferencia o la prisa, el agotamiento. No lo sé pero han pasado dos años y dos muertos. Son ellos los que me traen de vuelta.
Se fueron los viejos y toca despedirlos, permitir que el viento y los días, el olvido y la muerte hagan lo suyo. La familia quedo huérfana y como huérfana tiene que empezar a buscar y andar su propio camino, dibujar su historia. No más comidas por obligación o navidades tensas, no más desafortunados encuentros o desencuentros. No más reclamos mudos y discretos, agresiones pasivas o escandalosas y ofensivas...pero también, no más tribu. Se nos murió el clan con Juventino y Cristina, lo que sigue es decisión y no imposición, y quizá por ello asusta tanto. Toca elegir, toca aceptar y asumir la destrucción o construir. Eso es lo que pasa cuando los viejos se van y la familia queda huérfana.
Sé que no estaremos todos juntos, nunca más, o que si elegimos estarlo es que de verdad estamos todos locos, que somos una familia loca. Toca decidir con quien si, con quién no y hacer el esfuerzo de tejer historia, historia nueva o dejar que ella quede lejos, muy lejos, apenas como un manchón en la mejilla o una sangre parecida. Adiós pues viejos, adiós tribu, adiós y gracias por traerme de vuelta las letras.
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