
Ocurre a veces que uno se pone a jugarle al valiente y a arriesgarse a andar de lleno en la vida. Ocurre que entonces decide hacer cosas "locas", es decir, distintas a las que uno está acostumbrado: hablar, mostrarse y hasta cerrar los ojos y caminar a ciegas, despacio, a tientas, confiando en la oscuridad y en el tacto, como si nuestras manos fuera sabias. En esos momentos uno camina lento para sentir hasta el viento y jugar a volar, a vibrar, a ser presa de la noche que fascina. Si, ocurre a ratos que uno se atreve a cerrar los ojos convencido de que el piso estará ahí para recibir cada paso y sostenerlo, que el mundo es seguro por conocido, que las cosas están ahí y así: justo como uno supone que están. Pasa entonces que hay un escalón de más o de menos, que la mesa no está en donde debería de estar o que alguien había movido apenas unos centímetros la vieja mecedora de madera, que hay una esquina que uno no calculo o que el piso no es tan liso y firme como uno esperaba, mucho menos cálido y acolchonado. Resulta entonces que la noche no abraza, que las cosas no son ni están como uno supone. Sin remedio uno se tropieza y cae de manera estrepitosa al suelo, y entonces parece tan sólo, tan chiquito, tan ridículo y absurdo tirado en el piso lamiéndose las heridas. En esos momentos uno desea ser tragado por la tierra, borrarse del mapa, desaparecer del mundo; pero como no hay forma de irse a ningún lado y no hay más remedio que seguir habitando este mundo que no suele ser nunca como uno supone o espera, no queda más opción que levantarse del suelo, sobarse, acomodar las cosas y mirar de vez en cuando la cicatriz que dejó la herida para recordar que andar a ciegas y confiado, cerrando los ojos y haciéndole al valiente: duele.

